end of the line. al final del camino.
Momento de mirar atrás. De echar cuentas. De suponer que esto es un cambio. Una convención que nos lleva a ponerlo todo en una balanza y creer que es el momento de sincerarse con uno mismo. Hombre, sí y no. Si quieres sí, y si no, pues también.
Mirar atrás y comprobar que a veces lo que uno anhela no es lo que realmente desea. Que la satisfacción no llega mediante aquello que uno ha estado esperando día y noche. Que lo que uno realmente necesita nunca se muestra como una prioridad y mucho menos se presenta la oportunidad. ¿Es frustrante? Sí. Mucho. Muchísimo. ¿Nos desesperamos ya?
No. Aún no. O quizá ya nos hemos desesperado. ¿Cómo lo sabe uno? Que si te caes siete veces te levantas ocho. ¿Si te caes más de cien veces te volverás a levantar ciento una? Ah, difícil pregunta, simple respuesta, supongo. Lo complicado es llegar hasta la respuesta. El proceso. Todo un año arriba y abajo para volver al punto de partida. También es frustrante. Nada parece cambiar, todo es efímero y apenas degustas lo apetitoso. Como si de una muestra gratuita se tratara. Lo tienes ahí delante, sabes que puedes estar un rato ahí y disfrutarlo. Y luego de nuevo pam, la realidad te golpea con más insistencia y con más fuerza cada vez que vuelves.
No. No son lamentaciones. Es un ejercicio de autocrítica, de concienciación, de poner las cosas en su sitio. Para eso sirve.
Durante todo este tiempo he sido partícipe de tantas experiencias extremas que si bien por un lado pueden o han sido nocivas, por otro lado me han acercado más a mi propia realidad. A reconocerme una vez más y descubrir otras facetas de mi personalidad o llegar a conclusiones definitivas que conformarán mi moral, mi juicio, mi personalidad, mi carácter, mi actuación en cada momento de la vida. Y eso no es nocivo, claro que no, pero puede condenarte de por vida.
Sí. Temo a la muerte. Necesito experimentar. No quiero fracasar. Quiero dar un paso adelante. Quiero tomar las riendas de lo que se me presenta por delante. Quiero disfrutar. Necesito moverme. Necesito quedarme quieto. Quiero eso. Quiero aquello. Quiero, quiero, quiero.
Mi peor pesadilla, la que me atormenta día y noche, la que me persigue vaya donde vaya, la que se me aparece cada vez que tomo partido, cada vez que me muevo, cada vez que actúo, es mi personalidad extrema. Blanco y negro. Izquierda y derecha. Arriba y abajo. No soy capaz de elegir. Cuando algo me gusta, cuando algo me atrae, cuando algo me parece interesante, lo quiero. ¿Caprichoso? ¿Ambicioso? No, indeciso. Si la vida es tomar decisiones, yo no vivo. En el fondo ahora resultará que soy uno más y que sí, que a todos nos pasa. Bueno, ya basta de hablar de compadecerse de los demás. Necesito compadecerme de mí. Tengo un ego enorme y quizá eso no sea culpa mía. Quizá sea culpa de los demás que mi ego haya llegado a desarrollarse hasta tal punto que mi ego es más grande que mi propia persona y que los demás. Todo es un enorme caos y todo queda confrontado. Esto también es frustrante. Esto es mi sino. Esto es mi roca en la espalda. Esto es lo que me impide avanzar. Esto es lo que me atormenta. Todo esto. Levantarse cada mañana y no saber qué quieres hacer porque quieres hacerlo todo.
Son casi las 5 de la mañana y en 19 horas otro año cantará. Vale. Hora de irse a la cama. Al final todo termina entre las sábanas. Los sueños, las lamentaciones, las ilusiones y las reflexiones.
Y esto no es un epílogo, no es el final del camino. Es sólo volver y volver y volver y volver y volver y volver…